El arte de escribir novelas. Fernando Jiménez Ocaña

El arte de escribir novelas. Fernando Jiménez Ocaña

Hay ocasiones que en las variadas ferias del libro de Aragón a las que llevo años asistiendo como editor y escritor, se me acercan jóvenes, de uno y otro sexo, para formularme la misma pregunta: ¿Cuáles son los pasos a seguir para llegar a ser escritor? Lo cierto es que no podía evitar sonreír porque esta pregunta siempre me recuerda la que le hizo aquel joven alumno a Hemingway: “Maestro, ¿qué clase de experiencias debo vivir para convertirme en escritor? Ernest le miró con esa suficiencia tan característica en él y respondió: Muy fácil. Consigue una cuerda, elige la rama de un árbol y ahórcate. ¡Pero maestro! ¿Cómo voy a hacer eso? –inquirió el neófito con los ojos desmesuradamente abierto como si estuviese ante un loco de atar. No te alarmes, joven amigo –replicó con una sonrisa cínica. Lo que quiero decir es que te cuelgues, pero antes de estrangularte, procura agarrarte con las dos manos a la soga. Si sobrevives a semejante trance, te aseguro que ya tienes algo de lo que escribir”. Naturalmente este consejo, jocosamente cruento, era una de las muchas excentricidades del escritor norteamericano, y desde luego, no está en mi código recomendar a nadie que aspira a ser escritor semejante macabrada, aunque sea en broma. Yo trataba de contestarle, dentro de la dificultad que supone hablar con el público en medio del murmullo de la feria y de la insistente megafonía anunciando novedades y firmas de autores. El continuo bullicio resulta incómodo para hablar de algo que ha sido y es mi vida, es decir, la escritura, el mundo del libro y los lectores que, sin ellos no tendrá razón de ser este oficio de tinieblas como le gustaba llamarle a Camilo José Cela.

Por mi natural inclinación a actuar didácticamente con aquellos que solicitan de mi experiencia como escritor, sin ser yo profesor, pues simplemente soy una persona autodidacta, me propuse darle mi respuesta a sus inquietudes literarias. De modo que espoleado por la curiosidad y un atrevimiento casi desafiante conmigo mismo, decidí contar tal y como llevaba yo esto de escribir novelas, pues sabido es que cada cual tiene su manera de matar las pulgas. Pues bien, me puse mano a la obra, y a solas en mi escritorio, tras vacilar un poco en como emprender el trabajo y dudar un mucho, conseguí redactar un modesto folleto de instrucciones que me agradaría compartir con todas esas personas que me confiaban sus sueños y aspiraciones de ser narradores de historias.

Una vez leí que para ser novelista era necesario saber la definición de palabras tan extrañas para mí como sinécdoque y metonimia. Os aseguro que intenté aprendérmelas, pero tantas veces las leía otras tantas las olvidaba. Me resultaba tan absurdo como los diálogos de los hermanos Marx. Pero no me desanimé y seguí adelante. Al final, tras consultar varias biografías de escritores que contaban cómo habían escrito su primera novela, llegué a la conclusión de que los manuales que existían para aprender a escribir no lograban su objetivo. Al menos conmigo. De modo que esta conversación que voy a tener con vosotros no es para dejar sentado como se escribe un libro, sino cómo lo escribo yo.

El escritor argentino Hugo Wast, al que debo gran parte de este trabajo, dijo que la vocación de escritor es como una voz imperiosa y dulce que nos habla en silencio. De lo cual se deduce que un escritor debe formarse a sí mismo.

Afirmaba Hugo que las teorías acerca del arte de escribir novelas son dignas del mayor respeto, pero no suelen ser fáciles de entender, ni de retener, ni de aplicar llegado el caso de ponerse a escribir. Molière, atacado por los críticos de su tiempo, decía sarcásticamente: ¿Por qué será que los que más hablan de las reglas y las saben mejor que otros hacen comedias que nadie encuentra buenas?

Y dicho esto supongamos que el aprendiz de escritor decide sentarse esa tarde a acometer la novela que hace tiempo le ronda por la cabeza. Mira la página en blanco y siente terror. Se desespera porque no acierta a empezar el capítulo o porque no consigue dominar su encabritada imaginación para poder escribir con método. Entonces se dice a sí mismo: debo escribir todo cuanto vaya fluyendo de la pluma y luego corregir y pulir: escribir es corregir, corregir, y corregir, así lo dejó dicho Antón Chéjov.

Sin embargo, la voz del experto, que está ahí detrás, en las sombras, observando su trabajo le desaconseja del siguiente modo: No, de ninguna manera. Acostúmbrate a que la prosa te vaya saliendo lo más perfecta posible. Tiende a la perfección desde el principio, que de corregir siempre hay tiempo y cuanta más perfecta te salga menos tendrás que corregir después.

Sabido es que las cosas no salen a la primera, pero hay que intentarlo. De cualquier modo es cuestión de no desesperarse porque no salgan. Ya se sabe que el genio es una larga paciencia, y la inspiración es sentarse diariamente delante del folio o en estos tiempos modernos en los que vivimos de la pantalla del ordenador.

Los “momentos” de la novela

Toda novela tiene dos momentos. 1º La concepción de la idea. 2º La exposición de la idea.

El autor debe ser capaz de ver en la imaginación el argumento de una novela, y después no menos capaz de desenvolver ese argumento, de describir el ambiente, de pintar y de conducir los personajes a través de episodios que ha de inventar y urdir de forma interesante.

Hay quien posee la facultad de concebir argumentos, pero no aciertan a tratarlos sin confundirse ni embarullarse. Y hay quienes por el contrario son capaces de describir con nervio un paisaje, una figura, una escena, pero son incapaces de inventar un argumento para esos elementos con los que dar unidad literaria a la novela.

Hay que poseer ambas disposiciones: saber inventar y relatar.

Es de lógica que con los mismos elementos con que un autor mediocre hace una novela insignificante, un autor de poderosa imaginación hace una obra maestra. Por poner un ejemplo: con los mismos jugos de la tierra con que una zanahoria hace una zanahoria, la raíz de un rosal hace una rosa.

Imaginación y divagación: dos aspectos de la actividad intelectual que no hay que confundir. La imaginación es una actividad activa y fecunda y la divagación es una especie de imaginación disgregada y dispersa. Ese revolotear alrededor de varios asuntos, esa dificultad para fijarse en un punto y profundizar en él, ese escabullirse de toda reflexión duradera es divagación y eso no conviene a la hora de escribir nuestra novela.

En cambio, ese impulso que nos arrebata y nos empuja orientándonos, descubriéndonos el camino a medida que avanzamos, ese desborde interior que suscita mundos y maravillas eso es la imaginación creadora y ordenadora.

Como ejemplos: la divagación es como una mariposa en un campo florecido, se enloquece, se embriaga, revolotea, no atina a ninguna flor. En cambio, la imaginación es como una paloma mensajera. Durante unos minutos vuela desorientada alrededor del que la soltó en el aire, pero de pronto su instinto le advierte donde está el rumbo y se arroja como una flecha.

Sobre la novela psicológica

A finales del siglo diecinueve, en una reacción contra el naturalismo encabezado por Zola, se puso de moda la novela psicológica. Alguien inventó la teoría de que la novela es un género filosófico y, cuando no hay en ella análisis de almas, procesos a sistemas sociales, asuntos trascendentales y espesos, cuando no hay en ellas nada de esto, dicen que no son dignas de ser consideradas como obra de arte.

Esta teoría resultó cómoda para la gran mayoría de los novelistas ya que coincidió con un periodo de agotamiento de la imaginación.

En las novelas psicológicas se corre el peligro de convertir a los personajes en medusas transparentes y gelatinosas. A duras penas el lector imagina su figura real. Viven del aire. Los personajes no cocinan por lo cual nadie sale comiendo. La vida cotidiana es inexistente.

El autor de esta clase de novelas, con el pretexto de ahondar en un carácter, se extiende en variaciones sobre el mismo tema. Se imagina que está haciendo psicología y cuando ha terminado su novela se siente satisfecho, y hasta desprecia al colega que va directamente al grano, conversando poco y diciendo mucho.

En mi opinión hay que ser conciso y dejar al lector que piense algo sobre lo que uno le ha sugerido. Hay que evitar todo discurso con intención de explicar lo que debe explicarse por la acción misma de la novela.

Composición de la novela

Decía Stendhal que una novela es un espejo que va por un camino. No hay duda de tal aseveración. La novela refleja el paisaje y el paisanaje. Es una representación de la vida mediante descripciones de ambiente y pintura de caracteres. No debe ser una representación fría o estática, sino una acción continua, que avanza a través de episodios de interés creciente hasta un desenlace lógico que abarque lo principal del asunto.

La novela se construye con episodios, caracteres, descripciones, diálogos, y de vez en cuando, alguna reflexión del autor que asoma la cabeza con infinita discreción.

Apoyándome en mi experiencia como autor, debo aconsejar —y confieso que a veces caigo en el dicho “consejos vendo y para mí no tengo”—, debo aconsejar, digo, que hay que evitar dos cosas que hacen chirriar una novela ya en las primeras páginas. Primero el abuso de las descripciones. Y, segundo, los diálogos mal llevados.

Hay que recordar que cada personaje debe hablar como lo que es: un barrendero o un general de división. Con la salvedad de que he conocido barrenderos cultos; a los generales, la cultura se les supone, pero yo no he conocido a ningún general. Mi padre solo llegó a cabo chusquero en el tercio Alejandro Farnesio de la legión.

No es suficiente que sea una buena historia la que está uno dispuesto a contar si su intriga es fofa o embrollada, y si la prosa en que está escrita es confusa, incorrecta, e incluso grandilocuente. Ya se sabe, los malos escritores nunca son sencillos.

La trama o intriga forma el cuerpo de la novela. Es en ella donde se descubre la actitud creadora del novelista, su originalidad, su fecundidad, su audacia, la potencia de su imaginación.

La idea fundamental de una novela puede concebirse en un instante y encerrarse en poquísimas palabras. La trama requiere, sin embargo, muchos días de elaboración, sencillamente, porque sus detalles no se presentan de golpe, van apareciendo a medida que se va desarrollando la obra, con un orden casi misterioso.

La novela, con el movimiento de sus personajes y las conversaciones que estos mantienen, debe expresarlo todo, sin que el autor se entrometa a aclarar lo que parezca haber quedado oscuro para el lector. Todo intento de aclaración rompe la atmósfera de ficción creada por los episodios. Con todo y con eso, algunos autores duchos se permiten deslizar alguna acotación que alumbra y da profundidad al significado de una situación. Es un recurso peligroso.

Hay novelistas que se inventan un personaje con relieve, y que a ellos les parece que da mucho juego. Lo hacen aparecer con los mismos defectos y las mismas cualidades durante toda la obra. Me parece un error. Porque dicho personaje sería un tipo abstracto y no una persona de carne y hueso. En la vida, las personas estamos sujetas a modificaciones (yo mismo; en mi juventud fui albañil y acabé siendo escritor), y se pretende que la novela sea eso, una representación de la vida.

Si en una novela un personaje generoso, de buen corazón, pongamos por caso, incurre en alguna maldad o un pillo tiene un rasgo noble, alguien puede pensar que los caracteres no están sostenidos. Y hay que responder que las variaciones de carácter están dentro de lo verosímil, que es en definitiva lo humano. Y por supuesto para que una narración despierte curiosidad tienen que ocurrir acontecimientos ordinarios y extraordinarios.

Hablemos de la descripción

Los novicios en el arte de novelar, cuando descubren que tienen mano fácil para la descripción se entusiasman y narran minuciosamente cuanto les sale al paso. Mal asunto. No se debe describir nada si esa descripción no tiene relación alguna con el argumento. Hay que ser parcos en esto y no imitar a Proust que dedicó tres páginas solo a la descripción de su alcoba. Por lo tanto debemos insistir en que la novela tiene que tener cuatro virtudes capitales: exactitud, claridad, fuerza y concisión.

Toda descripción innecesaria es como un pequeño muro que interrumpe la acción. Por supuesto que en la literatura hay descripciones magníficas que nos han dejado los maestros.

Claro que, actualmente, la opinión generalizada es que se pinta mejor con un brochazo rápido y certero que con veinte páginas de pormenores masticados y acumulados hasta la saciedad. Opinión que comparto, dicho sea de paso.

El autor inmerso en el proceso creativo

Mientras escribe, el novelista vive en un ambiente de novela, convive con sus personajes, los oye hablar, imagina diversas situaciones en que pueden hallarse. A veces, las más, cuando se sienta a escribir es bastante probable que la imaginación se le quede en blanco. Solo el que escribe sabe los momentos de desazón que produce tal circunstancia. Para conjurar el bloqueo hay que volver a pensar en los personajes tratando de convocarlos y hacerlos hablar y moverse de nuevo.

Hay escritores que no se sientan a escribir hasta que no tienen prácticamente escrita la novela en su cabeza (como ejemplo nuestro autor Lorenzo Mediano). El proceso de gestación se ha producido en su cerebro. Luego “solo” tienen que volcarlo en el papel y darle forma, lo que también es arduo trabajo.

Y ya para terminar, me gustaría decir que en los tiempos que corren todo parece confabularse para apartar al novelista de su trabajo. Todo el mundo le pide colaboraciones, presentaciones de libros, conferencias, etc, obstaculizando su labor creativa. Pues ante esto, quiero poner punto final con unas palabras de Hugo Wast, que debió expresar un día en que se hallaba asqueado de la gente inoportuna o afectado por uno de sus frecuentes ataques de misantropía: “Mis amigos me resultan caros no por lo que yo hago por ellos sino por lo que dejo de hacer a causa de ellos.”

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